
“Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien, cuando estemos muertos.” Talpa, Juan Rulfo
Miré la cara de la precariedad tantas veces en la infancia. La conozco. La fealdad le surca las arrugas y el desencanto se le aparece en las pupilas por las noches. Conozco a esa dama ingrata y mal vestida, me repugna su aliento y el cinismo omnipresente de su silueta recortada en las paredes. El desempleo del padre obrero a la vuelta del ciclo económico, el accidente a la vuelta de la esquina, la injusticia en largas vueltas de ciclos institucionales. La precariedad, no es la pobreza que vivimos puertas adentro con dignidad resignada, sino carecer de redes puertas afueras, que abran otras puertas donde hallar rostros más bellos, amables o justos.
La precariedad es el puente desde donde sueña el precario, brincar hasta una oportunidad que quizás lo lleve a un nuevo porvenir, o el puente que debe obligadamente cruzar, aún sabiendo que allá abajo no hay red que lo apañe o Estado que lo reivindique y proteja. La precariedad nos torna vulnerables, nos acerca a la tristeza, nos da tibias palmaditas de irónico consuelo, cuando la enfermedad acecha, la muerte desafía o el desamparo nos abraza.
No era precaria la mina a la que entraron los 33 aquel 5 de agosto, sino su vida misma. No son precarios los piques, sino la ausencia de medidas de seguridad, ni precarios los túneles, las rampas, los pilares o los refugios y todos esos conceptos que hemos visto y leído en la prensa y aprendido, quizás como una forma morbosamente culpable de acercarnos a su dolor y al desespero de sus familiares. No. Sus vidas mismas son vidas vulnerables.
Quizás yazcan en el yacimiento, atrapados entre rocas vírgenes que debían penetrar. Quizás vivan, para simbolizar la vulnerable manera en que cientos de miles laboran a diario, para llevar a casa el pan suyo de cada día. Quizás los políticos hagan un guiño con la verdad y asuman que seguiremos siendo precarios, y descabecen precarios servicios públicos, mientras la robusta codicia, a pocos pasos de sus despachos, seguirá coqueteando con rentabilidades “razonables.”
Pocos chilenos nos morimos en accidentes del trabajo. Nuestros decesos están más dados por enfermedades al corazón, cáncer, enfermedades cerebro-vasculares, traumatismos, envenenamientos y accidentes de tránsito. Mueren más mujeres temporeras envenenadas, más obreros en la construcción o en las salmoneras del sur, que mineros en el norte. Pero este accidente, provocado por malas condiciones de seguridad de la empresa, revela como ninguno, la necesidad del Estado, la precariedad del trabajo en Chile, la invisibilidad de los obreros en múltiples áreas, y el escaso margen de maniobra político para que ello cambie en el corto plazo.
Al terminar agosto, en el país quizás hayan perdido la vida los mismos 20 trabajadores que mueren aislada, y a veces anónimamente cada mes, sin haber descendido




